Image default

Monodroga, más allá del nombre de fantasía.

NO ROMPAN MÁS LAS BOLAS, DERECHA HAY UNA SOLA

En un proceso electoral marcado por la chatura del debate político y una competencia bizarra por quien planteaba el tema más insustancial de discusión, o el spot más bochornoso, se recorta claramente una certeza: lejos de las ensoñaciones teóricas de Natanson y de las peleas en la superficie, la derecha argentina es una sola, con el mismo núcleo de ideas. En todo caso la disputa es por la representación de esas ideas.

Desde los «libertarios» de Milei, hasta los «halcones y palomas» del macrismo, pasando por los que quieren «pasar por lo nuevo» como Martín Tetaz, todos están de acuerdo en tres o cuatro cosas fundamentales, aunque a veces parezca que lo digan de modos distintos:

* Impulsar reformas laborales flexibilizadoras, que incluyan la eliminación de la indemnización por despido, o que faciliten echar gente, con la excusa que de ese modo se facilita crear nuevos empleos.

* Lectura monocausal de la inflación, atribuyéndola exclusivamente al déficit fiscal y la emisión monetaria, postulando desde el incendio del Banco Central (Milei), hasta su independencia del Estado argentino, en la variante Vidal-Tetaz.

* Rebaja de impuestos a las fracciones más dinámicas del capital, con la excusa de favorecer a las Pymes y los «emprendedores».

* Como consecuencia de lo anterior, se lo enuncie o no explícitamente, reducción al mínimo posible de las funciones del Estado, con un fuerte ajuste del gasto público.

* Defensa irrestricta del modelo de endeudamiento para la fuga de capitales, confundiendo deliberadamente la deuda en pesos y en dólares, o justificando ésta última con la excusa de financiar el déficit fiscal.

* Autoritarismo político disfrazado de discurso de lucha por las libertades, y escasas credenciales diplomáticas al no condenar la violencia política explícita (atentado contra el diputado Arias en Corrientes), ni los golpes de Estado o intentos de ruptura del orden constitucional (antes con Evo Morales, ahora con Bolsonaro); los que por el contrario cuentan con su apoyo explícito o implícito.

* Rechazo explícito al «gradualismo» y a toda forma de autocrítica por los desastres perpetrados en el pasado cuando les tocó gobernar (en democracia o con dictaduras), planteando que si volvieran al poder, harían lo mismo, pero más rápido. Incluso los que se presentan como «nuevos» (Milei) reivindican estropicios anteriores, como los del menemismo y Cavallo.

Es decir, el mismo programa que aplicaron cada vez que gobernaron, por el voto o por las botas, desde 1955 a la fecha. Así las cosas, seguir intentar distinguiendo entre una derecha (o derechas) «nueva» o nuevas, y una vieja, o diferenciarlas en algún punto es un ejercicio teórico sin anclaje en la realidad, por no decir pura paja.

Y si bien hasta cierto punto hay que agradecerles que dispersen el voto en diferentes ofertas electorales de lo mismo, no hay que perder de vista que, a la hora de los bifes, (es decir en el Congreso, desde sus bancas, cuando se discutan las leyes) van a estar todos juntos, votando igual.