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Lo qué le falta decir a Alberto Fernandez es: «Felices fiestas, la casa está en orden (?)»

LA GRIETA Y LA PAZ

Cuando el 18 de mayo del año pasado Cristina decidió dar un paso al costado declinando su candidatura presidencial para promover la de Alberto Fernández no estaba pensando simplemente en ofrecer un gesto que ampliara los márgenes de la unidad opositora, o asegurara la victoria: todo indica que hubiera ganado igual las elecciones siendo ella la candidata (16 puntos de diferencia en las PASO, que funcionaron en la práctica como una primera vuelta, así lo indican); como implícitamente lo señaló ella misma días pasados en La Plata, al poner en su justo valor a la unidad entre los factores que condujeron al triunfo: detrás de la memoria social sobre los gobiernos kirchneristas, sus políticas y sus resultados.

Lo que estaba haciendo entonces era asegurar que la oposición al macrismo tuviera expresión electoral, lisa y llanamente, pues es muy posible y racional suponer que siendo ella candidata a presidenta, el mecanismo del «lawfare» hubiera funcionado a pleno para proscribirla: allí estaban a la mano los ejemplos cercanos de Lula y Correa, y meses más tarde la brutal confirmación con el golpe contra Evo Morales en Bolivia, para desconocer su triunfo electoral.

Tampoco se resignó a ocupar el segundo lugar en la fórmula para «cerrar la grieta», porque ella nunca creyó (como otros, empezando por el propio Alberto) que esta fuera artificial, o provocada por el kirchnerismo o por ella misma, y no lo que es: un conflicto estructural instalado en la sociedad argentina entre la perpetuación de las injusticias y desigualdades y los intentos por eliminarlas, desde -por lo menos- 1945; y cuya persistencia explica nuestras tragedias políticas, sociales, económicas e institucionales, y nuestras dictaduras con su secuela de violaciones a la Constitución y a los derechos humanos fundamentales. Una sociedad no encuentra paz cuando no halla justicia; y eso es algo que los peronistas deberíamos tener grabado a fuego en nuestras conciencias.

En el discurso del día mismo de asunción del gobierno, Cristina dejó esto muy claro cuando le advirtió al nuevo presidente que no se fijara tanto en las tapas de los diarios (que expresan el discurso del enemigo), sino que tuviera el oído atento a lo que reclama el pueblo, y confiara en él. De más está decir que Alberto -pese a lo que dijo en contrario en La Plata- no le hizo caso, y siguió adelante con su idea de que, no estando Cristina en el lugar protagónico y no siendo él como ella, lo iban a dejar gobernar tranquilo; una de tantas suposiciones que el tiempo reveló erróneas.

Desde entonces y en estos casi 13 meses de mandato, los gestos de paz del gobierno para «cerrar la grieta» se sucedieron: el compromiso público de archivar la ley de medios, la vista gorda frente a los aumentos de precios de artículos esenciales (en la idea duhaldo-lavagnista de «recomponer la rentabilidad empresaria», como si ésta estuviere en peligro), o el punto medio alcanzado en la cuestión de las tarifas: ni ceder a los reclamos de aumentos de las empresas concesionarias, ni avanzar decididamente y a fondo en la revisión de los contratos para retrotraerlas al nivel que tenían antes del macrismo, como se prometió en campaña.

Y el principal de los gestos «pacificadores»: negar primero y minimizar después, el «lawfare» y la existencia de presos políticos, y sus consecuencias; o pretender ponerlos en otro contexto. Después del discurso de Cristina en La Plata, Losardo sigue en funciones, Boudou marcha a quedar nuevamente preso, y quien dirigiera el espionaje en su contra en la cárcel -y que estuvo a nada de ser funcionario de ésta gestión- sigue trabajando en el Ministerio de Justicia. De poco vale haber designado ministra a la abogada de Milagro Sala, si ya ni se acuerda de ella, ni siquiera para reclamar su libertad; o haber promovido una reforma judicial que deja intactas todas las estructuras de ese «lawfare», signo inequívoco de que no se lo considera un problema.

En éste contexto, cabe preguntarse cuales fueron los gestos del poder real, en correspondencia, para «cerrar la grieta», y la respuesta es muy sencilla: ninguno. Los grupos empresarios más poderosos siguen aumentando los precios, despidiendo, presionando para volver a desregular el comercio exterior, el movimiento de capitales y el acceso a las divisas (y fugándolas cuando y como pueden) y por una brutal devaluación -que intentaron provocar por todos los medios a su alcance-, y cuestionando de plano cualquier iniciativa del gobierno.

Un ejemplo concreto: al DNU que congeló las tarifas de cable, internet y celulares y al establecimiento de una prestación básica universal de los dos últimos, Cablevisión, la nave insignia del hólding de Magnetto, que conserva su posición dominante en el mercado de las comunicaciones porque no se restableció la ley de medios mutilada por Macri, y la reforzó porque no se tumba su fusión con Telecom, le respondió con un aumento del 20 % a partir del nuevo año; en abierto desafío a la autoridad del gobierno.

Los medios -voceros permanentes del poder económico- siguen siendo pieza clave en el «lawfare» (la principal, si no única, estrategia opositora de cara a las elecciones de éste año) acicateando desde sus tapas a los jueces remisos, generando operaciones y «fake news» a diario para desestabilizar al gobierno, saboteando la vacunación como sabotearon durante toda la pandemia las medidas de prevención.

Y el Poder Judicial hace su parte: mientras las causas contra los funcionarios macristas duermen el sueño de los justos sin que siquiera haya uno solo preso, nuestros presos lo siguen siendo, las causas contra Cristina y los funcionarios de sus gobiernos continúan, y pende la amenaza latente de una sentencia que paralice todas y cada una de las iniciativas del gobierno que puedan molestarle al poder real, desde el impuesto a las grandes fortunas hasta la legalización del aborto.

Si, por otro lado, nos preguntáramos cuáles fueron los avances del gobierno sobre los intereses del poder real en todo éste tiempo, la respuesta sería también sencilla: pocos, casi ninguno. Y no es la pandemia lo que los impide, sino la indecisión política en forma de la idea de la «correlación de fuerzas»: el propio «impuesto a las grandes fortunas» demoró meses, fue una iniciativa de parte del bloque del FDT y no del gobierno (cosa que el presidente se apuró a dejar claro), es transitorio «por única vez» y todo el tiempo se lo presentó como una «contribución solidaria», por la que poco menos teníamos que pedir perdón por la molestia. En contraste, el Estado canceló presuntas deudas con Edenor pendiente de revisión los contratos y justo cuando se supo que la compraron Vila y Manzano, y se le renovó la concesión de los aeropuertos a Eurnekián hasta el 2038, con el pretexto de la merma en los ingresos por la pandemia.

La decisión de no avanzar en determinadas cuestiones puede leerse de dos modos: no podemos avanzar en nada porque enfrentamos resistencias (ésta fue la lectura del presidente en el caso Vicentín), o debemos avanzar igual, porque para avanzar debemos afectar intereses («No se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos», decía Perón), y esos intereses siempre se van a oponer; que es lo que plantea el tuit de apertura de Artemio: comprender que el conflicto es inherente a la política y la puja distributiva inherente al capitalismo, más en sociedades duales, desequilibradas e injustas como la nuestra.

Si se suman los dos elementos (las tibiezas del gobierno y las resistencias del poder real) la resultante es la enorme tarea pendiente en el proceso de reconstrucción del desastre social legado por el macrismo, o lo escasamente avanzado en ése terreno, que no puede atribuirse en su totalidad a la pandemia, que por cierto influye. Aun aceptando -por ejemplo- que el año pasado las jubilaciones le «empataron» a la inflación o la superaron por un par de puntos (las mínimas sobre todo), los salarios perdieron por goleada, acumulando así otro año de atraso a los que arrastraban desde el macriato.

Para cumplir con nuestro mandato electoral y para revalidarlo en las elecciones de éste año, la economía tiene que repuntar, y ese repunte debe sentirse abajo, para los que menos tienen. Y lo que les falta a los de abajo, hay que sacárselos a los de arriba, no hay otro modo: el derrame no existe y no se produce espontáneamente, sino que hay que provocarlo; recomponiendo ingresos vía paritarias, aumentando las jubilaciones en forma real, encarando la reforma tributaria, retrotrayendo tarifas o haciendo que pesen cada vez menos en el bolsillo de las familias. Ni más ni menos que alineando los factores que en La Plata -en un discurso luminoso- Cristina pidió alinear, para no sólo empezar a reparar lo daños que causó el macrismo en el tejido social, sino impulsar el crecimiento con inclusión.

Lo contrario -es decir, simplemente administrar la crisis- es la manera más segura de agrandarla, por el comportamiento que viene exhibiendo el bloque de poder que tenemos enfrente. Porque como también dijo Cristina, el que no sabe de donde viene (es decir, el que no hizo una lectura correcta de la realidad desde mayo del 2019 para acá), no sabe para donde tiene que ir. Y se termina perdiendo, porque no consigue «cerrar la grieta» (cosa que depende más de ellos, que de nosotros), ni encontrando paz ni justicia. Tuit relacionado: