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La caída del «imperio» americano.

LOS PAÍSES SERIOS

El peor sistema electoral del mundo, con voto voluntario, tantos sistemas de conteo como Estados tienen, con injerencia abierta del poder político en el escrutinio, sin justicia electoral, con colegio electoral formado en forma no proporcional a los votos populares, y vulnerabilidad al fraude de todos los modos y formas.

El mismo que hace cuatro años le permitió a un lunático como Donald Trump convertirse en presidente, y que cuatro años más tarde le retorna el poder a la élite política tradicional, ésta vez con ropaje demócrata; como expresión de una sociedad que no parece muy dispuesta que digamos a ir a fondo con los cambios: o elige ousiders totales, o elige a los de siempre.

Y si Trump es bizarro e impresentable y desconoce siquiera lo que es la democracia, recordemos que hace cuatro años llegó a ser presidente en buena medida por el hartazgo de una parte de esa misma sociedad, con la oferta electoral de los partidos tradicionales.

Si bien el proceso electoral más controvertido de la historia no terminó con una guerra civil como algunos amenazaban, a dos semanas de la asunción del nuevo gobierno el Congreso no pudo certificar los resultados de la elección y proclamar al ganador, porque una turba de Homeros Simpsons (algunos de los cuáles iban armados) azuzados por el candidato perdedor lo impidieron: un Tejerazo de milicianos irregulares, de esos que desconocen las autoridades del propio país con la que se envuelven, y en nombre del cual son enviados a la guerra en otros países y continentes lejanos.

Al mismo tiempo, los indicadores de Wall Street volaban entusiasmados porque vuelven los demócratas, que al parecer son sus grandes amigos: eso de la «suba del riesgo país» por convulsiones políticas y coso, es una gilada para consumo de los sudacas, que ellos jamás aplican de fronteras para adentro. Como lo de que no hay que emitir moneda en exceso, porque genera inflación.

Si lo que pasó y pasa en Estado Unidos hubiera ocurrido en cualquier país de América Latina, los Estados Unidos, directamente por sí o a través de sus embajadas, o a través de la OEA, su Ministerio de Colonias, estarían alentando una invasión militar para deponer a las autoridades y «restablecer la democracia» en ése país. Lo mismo vale para cualquier otro país del mundo que no sean ellos y que no se alinee con sus intereses, porque tienen el metro patrón de la democracia.

La decrepitud política de la hasta ahora -y como diría Marcelo Araujo, solamente por ahora- primera potencia mundial es inocultable, e indetenible, lo cual no es lo mismo que el inminente derrumbe del capitalismo ante el avance incontenible de las masas, como soñó la izquierda argentina cuando arrancaron las protestas del «Black Lives Matter» (¿Se acuerda? fue hace tanto, como unos meses). De hecho, si en algún lugar del mundo el capitalismo se deglutió a la democracia hace décadas, es en los Estados Unidos: allí los gobiernos se eligen por los ciudadanos, pero pertenecen a las empresas.

Su primacía económica y tecnológica está cuestionada por el ascenso de China, y no son pocos los que sostiene que en breve los superará, si ya no lo ha hecho. De modo que lo que hoy sostiene el peso específico de los EEUU en el mundo y su capacidad de presionar o imponer decisiones, es su aparato militar, y los dedos que pueden detonar las armas que nos lleven a todos puestos.

No su sistema democrático. no sus logros culturales (aunque la influencia de su «poder suave» no es desdeñable), no su ejemplaridad en defensa de los derechos humanos y, como dijimos. cada vez menos su poderío económico o su grado de desarrollo tecnológico: hoy por hoy se imponen -cuando y donde pueden imponerse- por el poder latente de los fierros, y en menor medida de las finanzas, porque ése poder está también cada día más diseminado en el marco de la globalización.

Elementos a tener en cuenta la próxima vez que alguien -un dirigente político, un periodista o medio, un «intelectual»- transite las habituales zonceras autodenigratorias para convencernos de que somos un país de mierda «mal visto en el mundo» y nos contraponga el ejemplo de «los países serios», empezando por los Estado Unidos.

O cuando cualquiera (en el gobierno o la oposición) nos plantee que tenemos que tener con ellos «relaciones carnales», o hacer seguidismo bobo de sus decisiones de política exterior disfrazando intentos de manotear los recursos naturales de un país de una cruzada por la libertad y la democracia; como hacen con Venezuela. Tuit en pija y otros relacionados: