Image default

Este es el espejo.

MOVILIZAR Y ORGANIZAR

 

Se cumplen hoy 70 años del denominado «Cabildo Abierto del Justicialismo», la gigantesca concentración popular organizada por la CGT en la 9 de Julio para proclamar la fórmula presidencial Perón-Perón, para las elecciones de noviembre de ese año. No es ese día, como habitualmente se suele decir -e incluso lo sugiere el video de apertura- el del «renunciamiento histórico» de Evita a la vicepresidencia; algo que tuvo lugar el 31 de agosto, a través de un discurso transmitido por radio.

De hecho, la movilización de la que se cumplen hoy 70 años terminó con Evita diciendo «haré lo que el pueblo quiera», y la mayoría de los asistentes se fue convencida de que aceptaría la candidatura: lo que vino después es historia conocida: en parte por su ya delicado estado de salud -moriría poco menos de un año después- y en mucha mayor medida por las presiones oligárquicas transmitidas vía los altos mandos de las fuerzas armadas a Perón, Eva no fue vicepresidenta: su figura era demasiado irritativa para ciertos sectores, como para que la aceptaran cumpliendo un rol institucional.

Un mes después y pese al renunciamiento, la intentona golpista de Menéndez daba cuenta de que la oposición había decidido terminar con la experiencia peronista, fuera de las reglas de la democracia, cosa que finalmente terminarían logrando en septiembre de 1955.

Es decir entonces que la inmensa multitud no logró lo que se proponía y para lo que fue convocada, ni siquiera en el momento de mayor fortaleza y poder político de Perón y del peronismo;  porque en política no se trata solo de juntar gente en el espacio público, para conseguir algo. De hecho, fue la mayor aglomeración de personas conocida en el país hasta el acto de Ezeiza para recibir a Perón el 20 de junio de 1973, que también terminó en frustración popular por los enfrentamientos internos en el peronismo.

En ambos casos el movimiento fundado por Perón no salió indemne de los tropiezos: después del «Cabildo» y del «renunciamiento» la muerte de Evita agudizó un proceso de burocratización interna que lo debilitó, dejándolo en condiciones desfavorables para enfrentar los nuevos intentos golpistas, corporizados en el bombardeo a Plaza de Mayo de junio del 55′, y la ´»Revolución Libertadora» de septiembre.

Frente a las vacilaciones del propio Perón -que quiso evitar un baño de sangre, que de todos modos sobrevendría- sectores minoritarios de la sociedad e incluso de las propias fuerzas armadas, pero decididos a cumplir su  objetivo, lo terminaron logrando; porque no temían los daños que podían causar en el proceso. Por el contrario, esos daños eran parte esencial de su estrategia política, para sembrar el terror en el adversario, y paralizarlo.

En Ezeiza y después de otra gigantesca concentración popular -quizás nunca superada en número hasta ahora- las contradicciones internas del peronismo terminaron estallando en un grado tal, que de los dos rotundos triunfos electorales del FREJULI en aquel histórico 1973, al golpe militar del 24 de marzo de 1976 no pasaron tres años. Como siempre: las fuerzas de la antipatria encontraron en los errores y defectos del movimiento popular la excusa propicia para interrumpir la vigencia de las instituciones democráticas, pero la pulsión golpista no se alimentaba de esos errores, sino de los aciertos; que en la medida que ampliaban derechos y construían igualdad, afectaban intereses y erosionaban privilegios.

Sirvan estos ejemplos históricos para entender la importancia política de movilizar a las masas, pero la mucho mayor importancia de organizarlas, para poder concretar transformaciones profundas, hacia una sociedad más justa, libre y soberana, como proclaman las banderas históricas del peronismo. No alcanza con convocar a la gente un día determinado, en un lugar determinado, para escuchar discursos determinados de oradores determinados, y luego volver a sus casas como si hubieran ido a un recital.

Hay que (por decirlo en términos de la más pura ortodoxia peronista, si se nos permite) encuadrar, organizar, adoctrinar, en síntesis: formar políticamente a los militantes, los cuadros auxiliares y aun el pueblo llano; para que entiendan siempre de lo que se trata, y que es lo que está en juego. Y con el oído en atenta escucha a las demandas que vienen de ese propio pueblo, más que a la voluble «opinión pública» que -en teoría- reflejan las encuestas y sondeos de opinión.

Perón decía siempre que los argentinos éramos un pueblo muy politizado, pero carente de cultura política, y el paso del tiempo no hizo sino darle la razón. Y hay una enorme cuota de responsabilidad de la dirigencia política en que eso sea así, como lo podemos comprobar con descarnada dureza, en ésta campaña electoral que estamos transitando: paupérrima de ideas, de una mediocridad exasperante en los niveles del debate político, ensimismados en la anécdota inconducente, sin discutir ni plantear los grandes temas nacionales, que hacen a nuestro presente y futuro como sociedad.

No podemos entrar, todo el tiempo, en en una discusión política planteada en el registro de vodevil decadente que la plantean la oposición y los medios hegemónicos, sobre las minucias y anécdotas de la alcoba presidencial. Tampoco reducir el debate político a una guerra de operaciones de prensa, carpetazos o denuncias judiciales.

Por supuesto que no se trata -como pretenden algunos, para ganar autonomía para la política de la rosca y los operadores- de desmovilizar, sino de todo lo contrario: recuperar la capacidad de entusiasmar a la gente para que, con actos en donde gane la calle o sin ellos, sienta que hay un gobierno (más precisamente un proyecto político) que merece ser apoyado y defendido, porque los protege y les garantiza derechos, mejor nivel de vida, expectativas de futuro. Porque sin desconocer el rol de las organizaciones, fue precisamente eso lo que impulsó a millones de argentinos a las call aquel 22 de agosto de 1951, hace hoy 70 años.

Algo de todas estas cuestiones dejó planteadas los otros días Cristina (quien, si no) cuando hablaba del rol de la militancia, las organizaciones y la territorialidad. Ojalá esta vez sus palabras no hayan caído en saco roto; como desgraciadamente viene pasando últimamente.