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Esos goles en contra, los qué más sorprenden, los qué más duelen

CONTRA ESTO NO HAY VACUNA

El mundo atraviesa una pandemia provocada por un virus desconocido, contra el cual hubo que desarrollar a la mayor velocidad posible vacunas. Y ahora es el turno de producirlas a escala como para poder vacunar lo más pronto posible, a la mayor cantidad de gente, comenzando por el personal que cumple tareas esenciales y los grupos de riesgo.

Los destrozos que ha provocado la pandemia en la salud de la población y en la economía mundial han desatado una guerra por las vacunas, donde los países más ricos acaparan la mayor cantidad de dosis posibles, y los demás -entre los que estamos nosotros- que se las arreglen como pueden. Los apremios sanitarios van por el ascensor o en cohete (y no a la luna, precisamente), y la producción y distribución de las vacunas, por la escalera.

En todo el mundo -y con especial virulencia en la Argentina- los gobiernos enfrentan la objeción de sectores sociales que cultivan el terraplanismo sanitario, cuestionando la eficacia de las vacunas en general, y por motivos políticos e ideológticos, de la vacuna rusa en particular.

Esos son los hechos -conocidos por todos, pero por momentos pareciera que deliberadamente ignorados, o menospreciados en su peso específico- que marcan el contexto en el cual un gobierno que viene de anotarse un éxito porque la eficacia de la Sputnik fue validada ampliamente en los ámbitos científicos, debe despedir a su ministro de Salud porque montó un «canal vacunatorio VIP» para que gente de la política, periodistas y empresarios accedan a las escasas vacunas disponibles, antes de lo que les hubiera correspondido.

Esto último es el hecho detonante del escándalo, más allá de que se conociera por la infidencia de Verbitsky: si el «Perro» hubiera contado en público que preguntó como hacer para vacunarse «por izquierda» (reside en la CABA, donde no empezó la vacunación aun) y desde el Ministerio de Salud le contestaron que no era posible y debía esperar su turno, estaríamos hablando de otra cosa. Miremos la luna (y no la del cohete), no el dedo.

Desde ese estricto punto de vista, la decisión del presidente de pedirle la renuncia a Ginés -que termina con más pena que gloria una gestión con luces y sombras- es irreprochable. Que ese mismo presidente haya optado por hacer la vista gorda con funcionarios que dijeron que el salario digno es el que se puede pagar (como el ministro Moroni), que estaban encarando un «proceso de reorganización» educativa (como Trotta), o que le ofrecieron a su empleada pagarle el sueldo con un plan social (como Donda) es harina de otro costal. En todo caso, es el propio Alberto Fernández el que acaba de ponerse a sí mismo una vara alta, que deberá sostener en el tiempo, con sus decisiones futuras: con los que se vacunaron por izquierda como Solá, por ejemplo.

Por fuera de los hechos -sobre lo que parece no haber mayores discrepancias- están las interpretaciones, algunas francamente delirantes. Ni las miradas «internistas», ni la espeleología de «operaciones» mediáticas o políticas, ni las teorías conspirativas nos deberían distraer de lo principal: el gobierno se ha autoinflingido un daño gravísimo en la transparencia y credibilidad de la campaña de vacunación, y en la suya propia. Un gobierno, además, al que no le sobre paño, ni mucho menos.

Y acá nos queremos detener, para concluir: no hay más margen para errores, ni tiros en el pie, de nadie. Ni del presidente ni de sus funcionarios, del primero al último. Y contra la boludez propia, no hay vacuna. Si no se toma conciencia cabal del momento y contexto en el que les toca ejercer sus funciones, como dijo Cristina, que se busquen otro laburo. Tuits relacionados: