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El Kirchnerismo es la mejor expresión de un peronismo que transitó por diversos carriles ideológicos.

REALIDAD EFECTIVA Y PERONISMO IMAGINARIO

La negación del kirchnerismo como fenómeno político que lleva ya casi dos décadas de permanencia en la política argentina por parte de sectores del peronismo es, a esta altura, un fenómeno digno de abordaje por el psicoanálisis. O su interpretación en clave «cuerpo extraño» injertado en el cuerpo del movimiento fundado por Perón, del que éste más tarde o más temprano se desprenderá, para retornar a una presunta esencia alterada por su aparición.

 

En todos éstos años, esa negación no estuvo exenta de intentos por crear un «peronismo no kirchnerista» suponiendo que había plafond para hacerlo, más que entre los dirigentes -siempre hay mascaritas sueltas, y las habrá-, en la sociedad y la base electoral. Eso sin contar con las varias «patas peronistas» que supuestamente se encastraban en mecanos electorales del gorilismo de turno, el último intento de los cuáles fue el garrochazo de Pichetto a la fórmula presidencial con Macri.

Durante mucho tiempo ese mito urbano (la existencia de un peronismo no K políticamente relevante) se sostuvo electoralmente bajo la forma de presuntos drenajes de votos que era necesario recuperar, alentando esquemas de unidad que consistían bien en dejar atrás al kirchnerismo y a Cristina (la similitud con la campaña opositora en las recientes elecciones no debería sorprender), o en quitarles el lugar de centralidad en el armado del polo «pan-peronista» de la oferta política nacional.

Massa, sin ir más lejos, medró con ello bastante tiempo, facilitando el triunfo de Macri en el 2015 -mucho más claramente que cualquier presunto «ir a menos» de Cristina o la Cámpora-, y a la inversa, contribuyendo al triunfo de todos en el 2019, al volver al redil. Bien, en nuestra modesta opinión, esa hipótesis también ha sido puesta en entredicho con los resultados del domingo pasado; justo cuando había fuertes razones para suponer que el objetivo final del núcleo central del gobierno era levantar su candidatura en el 2023.

Y nos es que se nos haya ocurrido a nosotros solamente la idea: en su contundente carta de ésta semana, Cristina se pregunta como es posible que en la provincia de Buenos Aires el FDT haya obtenido menos votos que los que obtuvo ella sola en las legislativas del 2017 con el sello Unidad Ciudadana, contra los medios, el establishment y los gobiernos nacional y provincial de entonces, en manos del macrismo.

El interrogante vale para los resultados de éste domingo, comparados con los de las presidenciales del 2019, respecto a las cuáles se perdieron 6 millones de votos, que no puede pensarse que hayan ido a «JxC» -que conservó su base, y hasta cedió algunos votos- o Milei, que se presentó solo en la CABA y obtuvo unos 238.000 votos. Quizás algunos fueron a la izquierda, pero si se repara en que ésta obtuvo algo más de un millón de votos en todo el país, se advertirá que no fue por allí la fuga sustancial: habrá que buscarla en el desencanto con el gobierno de buena parte de sus votantes del 2019, reflejado en el ausentismo y el voto en blanco.

Distinto es el caso de los caprichitos electorales como el de Moreno, o las candidaturas funcionales al antiperonismo como las de Randazzo: en un caso el fenómeno tiene la dimensión (entendiendo por tal su significado castizo: volumen, tamaño, peso) de un Biondini (con el cual acordaron presentar en conjunto una denuncia por presunto fraude); y en el otro hace rato ya que solo puede imantar votos gorilas, más que peronistas. Pensemos simplemente en que en las elecciones de éste año hizo campaña planteando la necesidad de una reforma laboral flexibilizadora, arremetiendo contra los piquetes o proponiendo la rebaja de impuestos.

Las candidaturas presidenciales de Scioli en el 2015 (decidida por el «peronismo realmente existente» que creyeron ver entonces algunos afiebrados, y aceptada por Cristina) y de Alberto en el 2019 (decidida por Cristina) tuvieron algo en común: la idea de que un corrimiento al centro, hacia «menos kirchnerismo», o formas de peronismo más «amigables», permitirían captar votos independientes, para derrotar a la coalición gorila de ocasión, y gobernar con menos tensiones. El hecho de que la primera premisa haya fracasado en el 2015, y la segunda esté fracasando ahora, debiera llamar a la reflexión sobre su validez.

De los lamentos desde afuera de las viudas de Menem y de Duhalde que patentaron el discurso del peronismo como «el partido del orden» y no el de la reparación de las injusticias, pasamos a la aceptación resignada del fenómeno Cristina («Con Cristina no alcanza, pero sin Cristina es imposible»), bajo una estricta condición: que permanezca calladita, sin meter cuchara y poniendo los votos. Éste parece ser precisamente el credo oficial del nonato «albertismo», a juzgar por el contexto en el que Cristina publicó su carta el jueves pasado, lo que dice en ella, y las reacciones que desató.

Así las cosas, es hasta cierto punto más franco lo de Pichetto, cuando en pleno macrismo salió del placard kirchnerista en el que estuvo -se nota que a disgusto- doce años: es como si dijera «si el peronismo es esto, yo me bajo». En el caso de Alberto por momentos pareciera que disputa con Cristina no ya el liderazgo del peronismo, sino el copyright del kirchnerismo; de allí que con pluma filosa Cristina dijera en su carta que «…a Néstor Kirchner hay que recordarlo en versión completa y no editada».

Fue Néstor precisamente el que saldó, allá lejos y hace tiempo, la falsa dicotomía entre peronismo y kirchnerismo, cuando dijo «Somos peronistas, nos dicen kirchneristas para bajarnos el precio». Y si a alguno le quedan dudas, es la gente, el propio pueblo peronista, la que saldó el debate, también hace rato, votando al kirchnerismo en tanto encarnación actual de las mejores tradiciones del peronismo: si algo comprueban los resultados del domingo pasado, es que cuando nos alejamos de ellas, perdemos votos y legitimidad.

La unidad de los dirigentes es siempre importante, pero no al costo de la división de las bases sociales y electorales, como pasó en las PASO. Y la solución no es planteando falsas dicotomías ni peronismos imaginarios, sino haciendo más y mejor kirchnerismo, que es como decir más y mejor peronismo. Así de simple. Tuit relacionado: