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El «albertismo» es peronismo o alfonsinismo ?

EL DERRAME PERONISTA

El peronismo es y ha sido siempre un territorio en disputa: no hay cosa tal como «un peronismo» sino «peronismos», o distintas interpretaciones del rumbo que puede tomar la fuerza vertebral del campo nacional y popular. Claro que no todos son iguales en su comparación con la matriz histórica que le dio origen al movimiento que creara y condujera Perón: algunos solo tienen de tales el nombre, utilizado por razones de pura especulación electoral.

Cuando el peronismo surgió en la década del 40′, la economía del país crecía, pero el fruto de ese crecimiento se distribuía de forma muy despareja: esa inequidad fue precisamente la raíz del surgimiento del nuevo sujeto político, que expresó el deseo de modificar -en un sentido progresivo- la distribución del ingreso. Si al peronismo, pues, se le quita ese propósito central y fundacional, habrá otra cosa, pero no peronismo.

En otros períodos históricos, en los que el país fue conducido bajo distintas advocaciones del peronismo, también creció: ocurrió durante el menemismo, y cuando implosionó la convertibilidad; cuando Duhalde decía que había futuro «porque se había recuperado la rentabilidad», mientras millones de argentinos eran sumidos en la pobreza por el salto devaluatorio.

Y de aquellos polvos, a estos lodos, cuando en un nuevo gobierno que llegó al poder bajo el signo del peronismo conviven el crecimiento económico -del cual algunos se enamoran, recitando estadísticas que lo demuestran-, con una cada vez más regresiva distribución del ingreso en perjuicio de los trabajadores y los sectores de ingresos fijos; como por ejemplo queda palmariamente demostrado en éste trabajo de Cifra – CTA de  Pablo Manzanelli, Leandro Amoretti y Eduardo M. Basualdo, cuya lectura atenta recomendamos.

Allá por diciembre de 2020, cuando comenzaba a pasar el momento más álgido de la pandemia y Cristina hablaba de «los funcionarios que no funcionan», decíamos nosotros en ésta entrada: «El presidente se ha reunido en su primer año de mandato más veces con los empresarios que con los sindicalistas y movimientos sociales, pero los resultados no demuestran que se haya tratado de una estrategia eficaz: la pandemia que disminuyó drásticamente la conflictividad laboral y posibilitó una contracción de los salarios reales compelidos los gremios por la amenaza de despidos y suspensiones, no detuvo los aumentos de precios (sobre todo en los alimentos y bienes sensibles), ni mermó las rentabilidades de los sectores más concentrados y con posición dominante en el mercado.«.

«Esa estrategia de pedirles paciencia a unos (los propios) e intentar seducir a otros (los ajenos a la coalición social que expresa el FDT), no solo que no funciona sino que, a las puertas de un año electoral en el que se juega buena parte del destino futuro del gobierno pues debe revalidar su legitimidad en las urnas, simplemente no se sostiene. Ni en términos económicos (sería el camino más seguro para prolongar la recesión), ni sociales (llevaría a profundizar la inequidad en la distribución del ingreso), ni políticos, porque socava al gobierno en la base de su núcleo duro electoral.«.

«Lo hemos dicho antes, lo repetimos ahora: hay ciertas premisas «duhaldo/lavagno/massistas» de la estrategia presidencial que se han revelado, sencillamente, erróneas o falsas: no hay «salida exportadora» a la vista ni siquiera devaluando, no hay ampliación de las bases de sustentación del gobierno vía un «pacto social» con sectores que no quieren ceder nada de sus intereses y privilegios, no hay bolsones de «oposición responsable» con la cual establecer ciertos acuerdos, y no hay (ni en los medios ni el la corporación judicial) la más mínima intención de deponer las prácticas de jaqueo y erosión permanente al gobierno. Y si no hubo nada de eso en el primer año de la gestión, mucho menos lo habrá en un año electoral, cuando esos factores de poder deben redoblar sus esfuerzos para esmerilar al gobierno, e intentar compensar el desdibujamiento de la oposición «institucional».«.

De allí para acá, bien sabemos lo que sucedió: el proceso no solo no se revirtió, sino que se profundizó, y las elecciones se perdieron, o para ser más precisos: lo segundo sucedió como consecuencia lógica y natural (tanto que fue anunciada, y las advertencias desoídas) de lo primero; y el principio general vale para el presente, cuando estamos en las vísperas de un nuevo año electoral, en medio de una crisis donde conviven el crecimiento macroeconómico con suba del empleo y alta inflación, la distribución regresiva del ingreso y las turbulencias financieras.

Y en la que -Massa mediante- el «Frente de Todos» intenta relanzar su gestión proyectando, en líneas generales, más de lo mismo que nos trajo hasta éste punto: un rápido repaso de los anticipos que dan los medios sobre las posibles medidas que podría anunciar a partir de hoy el flamante «superministro» (ver por ejemplo acá en El Destape) sobreabundan en anuncios para «estabilizar la economía», «tranquilizar a los mercados» o «dar señales a los inversores». Poco -por no decir nada- de medidas concretas para recomponer los ingresos de los sectores populares, golpeados por la crisis, aun teniendo trabajo formal; que son -nunca está de más repetirlo- la principal base electoral de la coalición oficialista.

Las miradas «desarrollistas», «productivistas» o como se las quieran llamar que existen al interior del peronismo y de las fuerzas nacional-populares son, a su modo y aunque muchas veces les de pudor reconocerlo, también cultoras de alguna forma de «teoría del derrame» como el neoliberalismo; bien que sobre distintos motores o palancas del crecimiento, pero no necesariamente con el concurso de actores muy distintos aunque lo pretendan, porque la diversificación y entrecruzamiento de las distintas fracciones del capital no depende tanto de las distintas concepciones teóricas de la economía en danza, como de los concretos intereses en juego.

De allí que los actores económicos que hoy celebran la llegada de Massa a un rol central en el diseño de la política económica y lo expresan bajando la cotización de los dólares paralelos, no son sino los mismos que los hicieron subir, para imponer determinadas medidas económicas -como una devaluación del tipo de cambio oficial- y que han medrado en todas las crisis, con todos los gobiernos.

En el video de apertura Néstor Kirchner explica con sencillez y claridad meridiana como (no) funciona la famosa teoría del derrame. Y la advertencia no solo sirve para la versión neoliberal: en el peronismo (al menos en el digno de llamarse tal, porque responde a lo mejor de sus tradiciones históricas como ocurrió en los años kirchneristas del 2003 al 2015), el derrame nunca se produce sólo, por la simple gravitación de las fuerzas del mercado: corresponde al Estado y la política provocarlo, forzando con decisiones concretas aquello que el capital por sí solo, nunca hará ni siquiera aunque estuviera en riesgo su subsistencia. Cosa que ha sido siempre así, desde el famoso discurso de Perón en la Bolsa de Comercio en 1944, hasta nuestros días.