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Distinto gobierno, distintos estilos, distinto contexto histórico, la misma oposición «jodida» y destructiva.

CONFLICTOS Y SUPOSICIONES

Una frase muy común en tiempos de los gobiernos de Cristina era «El kirchnerismo te quiere llevar al paraíso, pero a las patadas». Indicaba que aquellos gobiernos proponían objetivos loables, pero que no se ocupaban de generar los consensos necesarios para llevarlos a cabo. Lo decían sobre todo los «propios», o los que en algún momento lo fueron, y luego se bajaron de la experiencia kirchnerista, por distintas razones. Era un modo de decir «nos vamos porque aunque estemos de acuerdo en el fondo, no compartimos las formas», o algo por el estilo.

Siempre tuvimos la impresión de que se trataba menos de una visión algo naif de la política que excluye de ella la dimensión del conflicto, que de una manera de esquivarle el bulto a comprometerse con esos objetivos, justamente porque conseguirlos suponía -y supone- lesionar intereses. Algo así como «cuando el kirchnerismo se pone problemático, yo dejo de ser kirchnerista, o empiezo a marcar críticas para tomar distancias.».

Si hubiera que elegir un momento que opere como divisoria de aguas al respecto, elegiríamos el conflicto del 2008 con las patronales agrarias por las retenciones móviles, que terminó pariendo la identidad kirchnerista. Hasta allí y tras la implosión del 2001, el kirchnerismo había avanzado sin encontrar mayores resistencias en determinadas cuestiones -la Corte menemista, el impulso a las políticas de memoria, verdad y justicia, el desendeudamiento- que o bien generaban consensos amplios, o lo ponían frente a adversarios cuya defensa en público era complicada de sostener, a menos que uno fuera Cecilia Pando o Paul Singer (más adelante éste al menos consiguió quien velara por sus intereses). En público: en privado es claramente otra cosa.

Desde esa misma lectura se sostenía que el kirchnerismo -y sobre todo Cristina- generaba conflictos innecesarios, o consumía demasiada energía en otros que si bien eran necesarios, no eran prioritarios porque había otras demandas más urgentes que atender. No pocos atribuyeron la derrota del FPV en las elecciones presidenciales del 2015 a cierto cansancio de la sociedad por la «épica del conflicto permanente» a la que, en teoría, la sometía el kirchnerismo.

Es importante recalcar en el presente ese núcleo conceptual, porque está claro que es el que siguen sosteniendo -o por lo menos lo hacían al llegar al gobierno- el presidente y buena parte de sus colaboradores. Permítasenos un repaso de algunos de los principales conflictos que sostuvo Cristina en sus dos mandatos:

* Con las patronales del campo por las retenciones móviles, o por la apropiación de los excedentes de las rentas extraordinarios del sistema agroexportador, y la regulación por el Estado del comercio exterior y el abastecimiento interno. Se dijo que el kirchnerismo tropezó con el conflicto y luego no pudo salir de él, porque no diferenció correctamente a los pequeños y medianos productores de los grandes grupos exportadores, y de ese modo los emblocó a todos en su contra.

* Con el grupo Clarín y otros multimedios por la ley de medios, que en realidad surgió como iniciativa a la cual el gobierno le puso su peso institucional enviando el proyecto al Congreso, después de la actitud abiertamente destituyente del hólding de Magnetto, precisamente durante el conflicto del campo. Se dijo entonces que el kirchnerismo se desgastó en una larga pelea que en el fondo era inútil, porque «los medios no influyen tanto», o «Clarín es solo un diario, no lo leas más y listo».

* Con la justicia federal, cuya reforma -al igual que como sucedió con la ley de medios- impulsó Cristina allá por el 2013 a través de un conjunto de leyes, que tuvieron como disparador no los fallos de los jueces contra funcionarios presuntamente corruptos, sino el festival de cautelares que paralizaba las iniciativas del gobierno (por ejemplo la propia LSCA), o favorecía al verdadero poder (a La Nación para no pagar impuestos, a la Rural para no devolver el predio de Palermo).

* Con los fondos buitres que no habían ingresado a los canjes de deuda del 2005 y el 2010, y saboteaban todos los esfuerzos del país por cerrar ese capítulo, litigando en su contra en los tribunales internacionales. Se decía que no arreglar con ellos era un capricho de Cristina, que nos impedía acceder al financiamiento a tasas convenientes.

Si alguno encuentra un hilo conductor entre la incidencia que esos conflictos tuvieron en la definición de la identidad política kirchnerista, los desgajamientos producidos en la estructura electoral del peronismo/FPV y su efecto en el triunfo de la derecha, la «oposición racional y responsable» al macrismo en -al menos- sus dos primeros años largos de gestión, y algunos titubeos y tibiezas del gobierno actual, no sería casualidad.

Volvamos ahora al presente y preguntémonos: ¿puede alguien sostener seriamente qué, con Alberto en la presidencia en lugar de Cristina, con otros modos y formas del discurso oficial y sin «llevar a nadie al paraíso a las patadas», cada uno de esos focos de conflicto, o todos ellos, han modificado su comportamiento respecto al que tuvieron hasta el 2015?

El «campo» sigue amenazando con lock outs y cortes de ruta ante la menor medida oficial que pueda rozar sus intereses (como el cierre de las exportaciones de maíz), los medios (Clarín, La Nación, Infobae) siguen bombardeando a diario con ley de medios mutilada y promesa de no intentar reponerla, la justicia es campo minado para el gobierno y sus iniciativas (eso sin contar el «lawfare» contra Cristina y los ex funcionarios de su gobierno) y los fondos buitres estuvieron a punto de hacer fracasar el canje de deuda, luego promovieron una corrida contra el peso (en colusión con algunos de los otros factores) y amenazan con el default a algunas provincias.

¿No sería hora ya, no de que algunos hagan revisionismo histórico de los gobiernos de Cristina, sino de que revisen su percepción de cierta dinámica del conflicto político inherente a toda sociedad democrática, para aprovechar en el presente las conclusiones?