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Cristina le dio un baño de realismo al gobierno.

EL SALVAVIDAS DE CRISTINA

La crisis política que desató la derrota electoral en el seno del gobierno y del «Frente de Todos» quedó expuesta al sol con la carta de Cristina: para los que dicen que los trapos sucios hay que lavarlos en casa, la vicepresidenta está diciendo en el texto que intentó hacer precisamente eso, 19 veces, sin ser oída. A lo que hay que sumar varias advertencias públicas de un año -o más a ésta parte- que cayeron en saco roto.

Frente al documento, el conglomerado de medios hegemónicos (que funcionan como «intelectualidad orgánica» del régimen) y la comparsa de opositores que abreva en ellos en busca de un discurso (porque ese es el orden estricto en el que suceden las cosas, desde hace años) hablan de golpe institucional, de Cristina contra Alberto. Sí: los mismos que vienen practicando golpismo, desestabilizaciones e intentos destituyentes varios todos estos años, y que en su momento celebraron con bombos y platillos el «voto no positivo» de Cobos.

Precisamente a eso se refirió Cristina en su carta para diferenciarse, marcando a las claras que no es su intención romper la coalición que llegó al gobierno en el 2019, sino algo mucho más sencillo: que esa coalición cumpla, desde el gobierno, el contrato electoral con sus votantes. Así tan claro y contundente como se lo enuncia, parece increíble que haya tenido que llegar a la instancia de hacerlo público, para ver si provoca algún cambio en el presidente, y el rumbo de su gestión.

Todo gobierno en democracia tiene dos momentos de legitimidad: el original, cuando lo ungen con el voto ciudadano, y los subsiguientes que son un continuo revalidad esa legitimidad, en el ejercicio. La drástica pérdida de seis millones de votos en 21 meses de gestión por parte del FDT muestra la diferencia en el tiempo de uno y otro, y el documento de Cristina es una invitación a recuperarlos, del único modo posible: haciendo aquello que se dijo y prometió que se venía a hacer. No hay dobleces, no hay segundas lecturas, no hay misterios: relegitimarse en la gestión, honrando el compromiso electoral. Así, casi con esas exactas palabras termina su carta.

Hace un par de meses decíamos acá: «Cristina es la política llamando a las cosas por su nombre, sin lugares comunes, sin eslóganes huecos y vacíos diseñados por algún creativo publicitario para ganar votos, la política como defensa de una idea, como afán obsesivo de representación social, como compromiso militante con la custodia de los intereses generales, en particular los de las grandes mayorías nacionales. Si durante sus gobiernos vivimos mejor, en sus propias palabras, «no fue magia», sino la consecuencia de gestionar el Estado desde esa idea de lo que debe ser la política.» .

Cristina entiende que la política está obligada a representar, es decir, a hacerse cargo de interpretar intereses, aspiraciones, deseos y transformarlos en realidades tangibles; en especial de aquellos que te han confiado el voto. Y no es casual que los que la tildan de golpista, estén en realidad pensando realizar ellos, el más burdo de los golpes a la voluntad popular: pedirle al presidente que rompa con ella, y gobierne con el programa que fue derrotado en las urnas, y no con el que ganó.

Precisamente el peligroso acercamiento de la gestión de Alberto Fernández hacia ese extremo es el que detonó la carta, que lejos de representar para el gobierno un problema, es una solución, si la quiere ver: basta con recuperar la senda del mandato popular recibido. Cristina, la constructora del FDT, la autora de su candidatura, la garante principal del destino de la coalición, la dueña de la inmensa mayoría de los votos, tiene más derecho que nadie a reclamarle que lo haga: golpismo es lo contrario, es negarle ese derecho, y pretender que sea garante del desvío político, y la estafa electoral.

En medio de las escenas de patetismo que sucedieron después de la derrota electoral, con funcionarios que además de no funcionar no renunciaron, con otros convocando a una absurda e inverosímil marcha en contra del voto popular y a favor de la conservación de sus sillones en el gobierno, con el presidente ensayando alquimias inviables para sostenerse sin su principal apoyo (y sin llamarla ni atenderle el teléfono) el documento de Cristina, con toda su dureza y el peso político de quien lo firma, fue la principal muestra de cordura y sensatez que se vio por parte del sistema político, gobierno y oposición incluidos.

Está en el gobierno y en el presidente recoger el salvavidas que se le lanza, o hundirse en la obcecación de seguir la agenda de los otros, de los que nunca van a elecciones, y que pretenden -gobierne quien gobierne- que siempre se atiendan sus intereses, antes que todo. Quien sabe si tomándolo alcanzará para revertir la derrota en noviembre, lo que es seguro es que dejándolo pasar -parafraseando a Einstein y aquello de la locura- ésta está garantizada.