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Ah, por Macri

«AH, PERO MACRI…»

En menos de 48 horas, Mauricio Macri se asumió explícitamente como evasor, y desnudó en público su pulsión golpista: acaso sea un récord. Es cierto que con esas dos definiciones conectó directo con el núcleo duro de pensamiento de buena parte de su electorado, que justifica no pagar impuestos ni respetar las reglas de juego de la democracia, cuando esos impuestos y esas reglas no son a favor de su idea de país, o del sentido de su voto.

El destino del mensaje no fue casual: aunque parezca que le habla al gobierno, Macri en realidad está hablando para la oposición, los está aleccionando para que no sean tibios, no aflojen, no hagan concesiones, no escondan el pasado ni se avergüencen de lo que son: allí su discurso -como está pasando en general con su aparición y los vaivenes de la campaña opositora- parece chocar contra la chicana boba del «Ah, pero Macri», cuyo fin es evitar que se discuta de lo ocurrido en el país entre diciembre del 2015 y el mismo mes del  2019.

Aunque a esta altura no debería sorprender el grado de extrañamiento de Macri con la realidad (pasada y presente), siempre ensancha los límites del asombro: por momentos el ex presidente parece vivir en una dimensión paralela, en un universo desconocido que habita solo él y los personajes imaginarios con los que supuestamente habla -como aquellos Cacho y María- , y le piden que vuelva.

Ojo: es cierto que hay gente que piensa que Macri hizo un buen gobierno, se merecería una nueva oportunidad y podría aportar soluciones a los problemas. Incluso hay gente que piensa, contra toda evidencia, que no tiene nada que ver con esos problemas; y lamentablemente, no son pocos.

Lo cual es un problema, antes que nada, para la oposición: ¿que hacer con Macri, donde ponerlo, hasta que punto secundarlo en sus dislates, cuánto hacerse cargo de su herencia? Porque hasta que el Capitán Reposera decidió reaparecer y protagonizar en campaña, las respuestas del tinglado opositor a esas preguntas eran ocultarlo, lejos, nunca y nada, respectivamente: nos venían proponiendo un ejercicio de hipnosis colectiva para inducir a la amnesia social sobre el estropicio del gobierno de «Cambiemos».

Curioso, porque todos y cada uno de los candidatos de «Juntos por el Cambio», con sus matices o presuntos estilos diferenciados, cuando hablan de cosas más o menos concretas, dicen casi lo mismo que dice Macri, pero con otras formas, otros modos.

En Macri todo el combo de ideas que hacen al núcleo del pensamiento de derecha es burdo y explícito, al punto de borrar los límites de la verosimilitud en el discurso, en términos que hace casi imposible discutir con un negador serial de consensos básicos, y de realidades evidentes: para Macri un golpe de Estado (como en Bolivia) no es un golpe, desconoce su participación en la asonada aunque haya dejado sus huellas marcadas por todos lados, dejó un país en marcha, pujante y creciendo y si no lo hizo, fue porque en realidad aunque gobernaba formalmente él, la que controlaba todo era Cristina.

En su fuero íntimo, Macri debe estar furioso porque JxC pierde votos con energúmenos como Milei o Espert, porque sus dirigentes no se animan a decir lo que dicen éstos. Debe tener ganas de tomarlos públicamente como ejemplo. No hay en él el más mínimo arrepentimiento, autocrítica, reconocimiento de errores ni nada que se le parezca: si hubo que salió mal es culpa de otro, y si él volviera al poder haría exactamente lo mismo, pero más rápido.

Macri es para la oposición el jarrón chino aquel que nadie sabía donde colocar, y si bien la mayoría del pueblo argentino supo donde colocarlo cuando buscó su reelección (fuera de la Casa Rosada) ha dado sobradas pruebas de que eso no le interesa, porque se considera por encima de la voluntad popular, y sigue pensando que los equivocados son la mayoría de los argentinos, y no él. A menos, claro, que en las próximas elecciones voten contra el gobierno, sin importar si lo hacen por Vidal, Del Caño o Biondini.

El emergente de ese experimento de «país atendido por sus propios dueños» que algunos bautizaron con el ficcional nombre de «la nueva derecha moderna y democrática» demuestra ser el portador original del gen derechoso argentino, y acaso el más representativo socialmente de ese modo de pensar, mal que nos pese reconocerlo. Hay un cúmulo de razones culturales, ideológicas y políticas para que así sea, y para que Macri haya tenido éxito en un terreno en el que antes que él, otros empresarios poderosos fracasaron estrepitosamente, o al cual directamente desistieron de lanzarse.

Todo lo cual lo convierte en un problema también para el conjunto del sistema político argentino: ¿donde poner un personaje así, descartada la cárcel (para lo cual ha hecho sobrados méritos), porque se encargó concienzudamente de armar una estructura judicial adicta para impedirlo?

Y no es que estemos planteando que se lo proscriba ni se adopten con él algunas de esas ingeniosas soluciones que los «republicanos democráticos» tuvieron en otros tiempos para el peronismo. Simplemente señalamos que Macri y su circunstancia son la comprobación palpable de como se han ido deteriorando ciertos consensos básicos de nuestra democracia, que acaso ingenuamente, suponíamos consolidados.